Por: Ing. Federico Antún Batlle

La infraestructura constituye uno de los pilares fundamentales para el desarrollo económico, social y humano de una nación. En la República Dominicana, carreteras, puentes, sistemas de agua potable, alcantarillado, presas, escuelas, hospitales y redes eléctricas sostienen la vida cotidiana y la productividad nacional. Sin embargo, el crecimiento demográfico, la expansión urbana y el paso del tiempo han evidenciado una realidad ineludible: tan importante como construir nuevas infraestructuras es mantener adecuadamente las existentes.

Durante décadas, el país ha realizado inversiones significativas en obras públicas, muchas de ellas necesarias para impulsar el desarrollo regional y la competitividad económica. No obstante, la falta de una cultura sostenida de mantenimiento ha provocado el deterioro prematuro de infraestructuras que aún podrían prestar servicios eficientes. Carreteras con baches recurrentes, puentes con deficiencias estructurales, sistemas de drenaje colapsados y edificaciones públicas en estado crítico son señales claras de que el mantenimiento no puede seguir siendo una prioridad secundaria.

El mantenimiento preventivo resulta, en la mayoría de los casos, mucho menos costoso que la reconstrucción total. Invertir a tiempo en la reparación, supervisión y modernización de las infraestructuras existentes evita riesgos para la seguridad ciudadana, reduce gastos futuros y prolonga la vida útil de las obras. Además, una infraestructura bien mantenida mejora la calidad de vida, facilita el comercio, fortalece el turismo y aumenta la confianza de inversionistas nacionales y extranjeros.

Sin embargo, el mantenimiento por sí solo no basta. La República Dominicana enfrenta nuevas demandas derivadas del crecimiento poblacional, el desarrollo industrial, la urbanización acelerada y los efectos del cambio climático. Estas realidades exigen la construcción de infraestructuras nuevas, modernas y resilientes. Nuevas vías de transporte, sistemas de movilidad urbana eficientes, plantas de tratamiento de agua, infraestructuras educativas y hospitalarias adecuadas son esenciales para responder a las necesidades actuales y futuras del país.

La planificación juega un papel determinante en este proceso. No se trata únicamente de construir más, sino de construir mejor, con criterios técnicos, visión de largo plazo y respeto al medio ambiente. Cada obra debe responder a estudios serios de impacto social, económico y ambiental, evitando la improvisación y el uso político de las infraestructuras. La transparencia en la contratación, la supervisión técnica rigurosa y la rendición de cuentas son condiciones indispensables para garantizar obras duraderas y funcionales.

En conclusión, el desarrollo sostenible de la República Dominicana requiere un equilibrio responsable entre el mantenimiento de las infraestructuras existentes y la construcción de nuevas obras. Ambos aspectos son complementarios y estratégicos. Apostar por infraestructuras seguras, eficientes y bien gestionadas no es un lujo, sino una necesidad impostergable para garantizar el bienestar de la población y el progreso continuo de la nación.