
Por: Ing. Federico Antún Batlle
El desarrollo de una nación no es producto del azar ni de decisiones tomadas al impulso del momento. Las sociedades que logran avanzar de manera sostenida lo hacen porque colocan la planificación en el centro de su acción pública y privada. En la República Dominicana, sin embargo, con frecuencia seguimos atrapados entre dos males que frenan nuestro progreso: la improvisación y la confusión entre lo necesario y lo verdaderamente prioritario.
Planificar no es un lujo burocrático ni un simple ejercicio técnico. Es, ante todo, un acto de responsabilidad con el presente y con el futuro. Significa definir metas claras, establecer prioridades y asignar los recursos escasos de forma coherente. La improvisación, por el contrario, suele nacer de la presión política, del deseo de mostrar resultados inmediatos o de la falta de una visión de largo plazo. Sus efectos casi siempre son los mismos: obras inconclusas, programas que no perduran y un uso ineficiente del dinero público.
Nuestro país ofrece numerosos ejemplos de decisiones tomadas sin la debida planificación. Proyectos iniciados sin estudios suficientes, cambios constantes de rumbo en políticas públicas y soluciones “de emergencia” que terminan volviéndose permanentes. Esta cultura de la improvisación genera desconfianza, eleva los costos y, lo más grave, impide construir bases sólidas para un desarrollo sostenido.
A este problema se suma otro no menos dañino: la confusión entre lo necesario y lo prioritario. Muchas cosas son necesarias en una nación con tantas carencias, pero no todo puede hacerse al mismo tiempo. Priorizar implica escoger, y escoger implica tener criterios claros basados en el bien común, no en la conveniencia política del momento. Cuando se invierten recursos en lo visible pero no en lo esencial, se puede ganar aplauso inmediato, pero se pierde futuro.
Por ejemplo, es necesario inaugurar obras, pero es prioritario garantizar educación de calidad, salud eficiente, seguridad jurídica e instituciones fuertes. Es necesario mejorar caminos y edificios, pero es prioritario asegurar su mantenimiento, su utilidad real y su integración a un plan nacional de desarrollo. Sin planificación, incluso lo que se hace con buena intención termina siendo ineficaz o insostenible.
Avanzar como nación exige un cambio de mentalidad. Debemos pasar de la cultura del “resolver” a la cultura del “prever”; del anuncio espectacular a la política pública seria y evaluable; del corto plazo al compromiso con las próximas generaciones. La planificación no elimina los imprevistos, pero sí reduce sus impactos y evita que la improvisación se convierta en norma.
La República Dominicana tiene talento, recursos y oportunidades. Lo que necesita con urgencia es ordenar sus esfuerzos, definir con claridad qué es lo prioritario y actuar con coherencia y continuidad. Solo así dejaremos de caminar a trompicones y comenzaremos, de verdad, a avanzar con rumbo firme hacia un desarrollo más justo y sostenible.