Por Federico “Quique” Antún Batlle

Un señor me detuvo en una cafetería hace pocos días. Llevaba la prensa doblada bajo el brazo y la mirada cansada del que ya sabe lo que va a decir antes de decirlo. “Ingeniero, yo ya no voto. Y no es por flojera. Es porque ya nadie me dice nada que no me hayan dicho mil veces.”

Esa frase, dicha sin amargura ni rencor, describe la encuesta Gallup–Diario Libre publicada hace unos días mejor que cualquier análisis técnico. Los números son conocidos: el PRM lidera la simpatía con 30.4 %, la Fuerza del Pueblo y el PLD aparecen prácticamente empatados en torno al 19 %, y los partidos minoritarios juntos no suman lo suficiente para entrar al debate nacional con voz propia.

Pero el dato que de verdad cambia el cálculo de 2028 no es ninguno de esos. Es el 23.5 % de dominicanos que respondió que no simpatiza con ningún partido. Uno de cada cuatro. Ese porcentaje es mayor que la base de la Fuerza del Pueblo. Es mayor que la base del PLD. En cualquier otra democracia del continente, una cifra como esa abriría un espacio inmediato para terceras vías, outsiders y candidaturas independientes. Aquí, ese espacio sigue vacío. Y la pregunta sería —la que nadie está haciendo todavía— ¿por qué?

Yo tengo una hipótesis. Ese 23.5 % no es un dato sobre desafección. Es un dato sobre demanda no satisfecha. Esos dominicanos no perdieron la fe en el voto. Perdieron la fe en las opciones que les han ofrecido. Y entre las dos cosas hay un mundo de diferencia.

La desafección se resuelve con buena retórica, con un nuevo rostro joven, con un eslogan que toque la fibra del momento. La demanda no satisfecha se resuelve con otra cosa: con una propuesta que diga, con claridad, qué tipo de país se va a construir, con qué instituciones, en cuánto tiempo, y a cargo de quién. La diferencia es la diferencia entre publicidad y arquitectura.

Aquí es donde, con respeto, hago una lectura que no he visto en ningún comentario sobre la encuesta. Los tres grandes partidos están leyendo ese 23.5 % como territorio a conquistar mediante personalidades carismáticas y buena producción de redes sociales. Eso es un error de diagnóstico. Esos votantes no están esperando más de lo mismo. Están esperando algo que ninguno de ellos les ha ofrecido todavía: una explicación coherente de por qué este país, con todo lo que tiene, sigue produciendo los mismos resultados —y una arquitectura concreta, no un eslogan, para cambiar esos resultados.

La encuesta lo dice con elegancia técnica: el electorado premia perfiles asociados a gestión y eficiencia más que a confrontación ideológica. Lo cual es cierto, pero incompleto. El electorado no premia gerencia sola. Premia gerencia con doctrina. Premia eficiencia con propósito. Premia gestión que sabe qué tipo de país está intentando construir. Sin eso, la gestión se convierte en administración del problema. Y este país lleva décadas administrando problemas que se podían resolver.

Hay una tradición en la política dominicana que tiene exactamente esas dos cosas —gerencia y doctrina— pero que ha estado fuera de la conversación pública durante demasiado tiempo: el reformismo social cristiano. Estado activo pero eficiente. Equilibrio de poderes real. Soberanía no negociable. Familia como núcleo social. Esas no son ideas del pasado. Son exactamente las que le faltan a este país hoy. Y son, además, las únicas que responden de manera coherente a las preocupaciones que Gallup acaba de medir.

La Ruta del Reencuentro —el proyecto en el que vengo trabajando— parte de ese diagnóstico. No es un manifiesto de campaña. Es una conversación nacional con quien quiera tenerla, sobre qué heredamos, qué nos costó cada interrupción de nuestra historia, y qué se puede construir si dejamos de esperar que aparezca el hombre providencial que nunca va a llegar.
Le respondí al señor de la cafetería lo único que se le puede responder a alguien que le habla a uno sin rodeos. Le dije: “Tiene usted razón. Y le voy a pedir que me dé tiempo de demostrarle que no toda la política es lo mismo que ya escuchó.”

Él me miró sin convicción, pero tampoco se fue.

Esa, me parece a mí, es la posición política más honesta que un dominicano puede tomar en este momento: no irse del todo, pero tampoco creer todavía. Lo que ese 23.5 % está esperando no es un nuevo candidato. Es una nueva conversación. Y las conversaciones, en este país, empiezan por quien tenga memoria suficiente para nombrar lo que está roto.